sábado, 12 de abril de 2014

CONSTRUYENDO LA FELICIDAD

20 de septiembre, lunes, siete y cuarto de la mañana. Sonó el despertador. Otra vez, otro curso más. Comenzaba la rutina de nuevo. Me levanté, lavé mi pálido rostro, desenredé mi largo pelo color caoba y, como de costumbre, me quedé mirando mi imagen en el espejo del aseo, preguntándome por qué cada vez me quería menos, qué había hecho para merecer aquella gris y monótona vida, por qué tenía una autoestima tan cambiante, cuándo encontraría mi sitio. Cuántas preguntas. Lo único que me consolaba pero que tampoco respondía a ellas era que quizá ahora llegaría el cambio, nuevo curso, nuevo instituto, nueva ciudad; había posibilidades de que gracias a pequeñas y a la vez grandes cosas consiguiera lo que siempre había querido: sentirme feliz. Me quedé inmersa en mis pensamientos reflexionando sobre esto hasta que una voz me bajó de la nube.
- Hija… Será mejor que te des un poco más prisa y no pierdas tanto el tiempo si no quieres llegar tarde el primer día de clase. Todavía tienes que vestirte, desayunar…
- Mamá, vale, ya voy – la interrumpí – En serio, me agobias. – afirmé seria y con cara de cansancio.
- Perdón, cariño. Ya sabes que entre el trabajo, la nueva casa y todos estos cambios estoy  un tanto alterada. Será mejor que lo tome todo con más calma. Perdóname, cielo. – dijo mientras me daba un beso en la frente.
- Ya, bueno, no pasa nada, supongo que todos estamos alterados.
- Sí. Hasta que nos acostumbremos… ¡Ay! ¡Si casi son las siete y media! ¡Y todavía hay que despertar a tu hermano! Malditos móviles… no sé para qué los queréis si luego no hacéis uso de lo que ofrecen, como las alarmas, por ejemplo. Y por cierto, ¿dónde está el mío? Ah, ahí, qué susto, ya pensaba que tenía que perder más tiempo en buscarlo…
Solté una carcajada. Era muy cómico ver cómo mi madre se estresaba y contradecía sus propias palabras.
-¿No decías que será mejor calmarse un poco? Quizá deberías aplicártelo. – dije sonriendo.
-Sí, bueno, ya… ¡Venga hija, no tenemos tiempo! Vete a tu cuarto a vestirte ¡Corre!
Obedecí ya que lo único que deseaba era no llegar tarde el primer día de clase; desayuné un té con leche mientras leía unas pocas páginas del libro que en aquella época tenía entre manos: “Las ventajas de ser un marginado”. A continuación me dirigí a mi armario para vestirme: vaqueros cortos, camiseta blanca, chaqueta negra, y calzado del mismo color. Siempre vestía con colores oscuros ya que dicen que la ropa define nuestra personalidad y esa gama creo que lo hacía, me describían a la perfección. Finalmente cogí mi mochila y justo en ese instante mi madre gritó:
-¡Chicos! ¿Estáis listos ya? Vamos justos de tiempo será mejor que vayamos yendo ya.
De camino al instituto fui observando mi nueva localidad. Parecía tranquila y además era muy bonita. Tenía mar y eso me encantaba, ese simple hecho me daba una sensación de libertad. En definitiva me gustaba la ciudad y me alegraba ya que esto podía ser uno de los ladrillos para construir mi felicidad.
Tras unos diez minutos en coche allá a lo lejos se hallaba el instituto. No era muy grande, pero estaba rodeado por una vasta valla en la que en aquel instante se encontraban apoyadas unas chicas que aparentaban mi edad, reían y se abrazaban, probablemente no se habían visto en todo el verano. Tenían una apariencia un tanto… pija.
- ¡Vaya! Parecen de tu edad, hija. ¿Por qué no te bajas y te acercas a ellas? – dijo mi madre.
- Basta mamá, no empieces. No parecen ser de mi estilo… creo que no me sentiría a gusto con ellas.
- Cielo, debes hacer amigos y conocer gente. Ya sé que no es fácil, pero a ser posible debes comportarte de una forma más abierta.
- Ya lo sé. Pero es que no quiero hablar con esas chicas, no me llevaría bien con ellas. Quizá me equivoque pero…
- Bueno, está bien, si lo consideras así… Anda, vete yendo ya. ¡Y a ver si no se te olvida que a la vuelta debes coger el autobús, que yo no podré venir a recogerte!
- Ah, sí. Ya no me acordaba. Gracias por habérmelo recordado. Bueno, hasta luego mamá, que te vaya bien el día.
- ¡Igualmente! Mucha suerte, mi vida.- dijo guiñando un ojo.
Bajé del coche y entré directamente al recinto, busqué mi clase y me dispuse a entrar en ella. Había unas quince personas repartidas en pequeños grupos. Me llamó la atención un chico sentado al fondo del aula. Estaba solo. Me fijé que leía un libro. Me acerqué a él y me senté a su lado.
-¿Qué lees? – pregunté.
Se sorprendió. Creo que estaba tan centrado en la lectura que ni siquiera se había dado cuenta de que me había sentado en el pupitre de la izquierda.
-“Las ventajas de ser un marginado.” Fantástico libro, sin duda.- dijo mostrando una sonrisa.
Al decir estas palabras y al levantar la cabeza del libro, pude comprobar que tenía los ojos azules, la piel morena, y el pelo era castaño muy claro, casi rubio.
-Qué curioso – dije riendo – ahora mismo yo también estoy leyendo ese libro. Pero bah, hay libros mejores.
El chico sonrió de nuevo, y en definitiva tenía una sonrisa preciosa.
-Va a ser que somos compañeros de mesa ¿no? Así que… ¿puedo saber tu nom…?
De repente entró una mujer de unos cincuenta años en el aula, era la tutora. Todos los que se encontraban de pie charlando ocuparon sus sitios y comenzó la clase. Se presentó, nos indicó que sería nuestra profesora de biología y a continuación tuvo la idea de realizar una actividad para que nos conociésemos y que consistía en pasarnos un tubo de ensayo, decir nuestro nombre y repetir el de los demás. Gracias a esto supe que el nombre de mi compañero era Carlos.
La mañana transcurrió mucho mejor de lo que me esperaba. Me lo pasé realmente bien. Tuve la sensación de que había conocido a alguien importante, Carlos y yo compartíamos muchísimos gustos, forma de pensar y congeniábamos muy bien. Y esto me alegraba ya que podía ser otro de los ladrillos para construir mi felicidad.

 

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